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CON VIRGILIO EN EL SOFÁ

DIA 10. CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DIA 10. CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DÍA 10: Tal parece que todo se desmorona, Virgilio. La prima de riesgo (que no la de Riego, ésa era otro cantar) se ha puesto a mediados de semana por las nubes amenazantes de la tormenta absoluta, más del doble que hace un siglo. El paro sube y sube y no para de subir.

Ya no quedan tijeras para tanto recorte, ni afilaores que las pongan debidamente a punto. Y de lo de Bankia, mejor no hablar porque de eso ya, pecata minuta, ni se habla. Debemos, dicen, hasta de callarnos.

Y más que vamos a deber cuando tengamos que empezar a reintegrar a los cuervos esos de las finanzas los cien mil millones dicen, también, que prestados a los bancos (¿), con sus intereses espúreos incluidos. Y que no se nos ocurra morirnos de hambre (o de asco) porque capaces son de enviarnos a otros cien mil, para la ocasión hijos de San Luis, con el mismísimo Duque de Angulema a la cabeza visible gritando en las Cortes y por los eriales de la tierra patria aquello de “Tout le monde tranquille!” y “Asseyez-vous, coño!”.

En fin, que el patio está hecho un estercolero invadido por las ratas de siempre, y nosotros tan tranquilos y campantes en este sofá de terciopelo rojo que algún día se habrá de comer la polilla. ¿Tú qué opinas de esto que te digo, Virgilio?”. Y evidentemente Virgilio salta con sus zarpas erizadas como cuchillos.  “¿Y a qué cuenta de qué me cuentas todo esto? ¿No te das cuenta de que ahora no estoy para metafísicas estrambóticas y menos aún para nuevos cuentos? Eso se lo cuentas a otro gato, o perro si te place, que yo quiero más una morcilla que en el asador  reviente, y ríase la gente”, me dispara a bocajarro el Gongorino, Inescrutable y por momentos Reiterativo compañero de modorra. No hará falta decir que los concursantes de “Saber y Ganar” llevan unos cuantos programas sin dar ni una.

El que más y la que menos se vuelven a casa con una mano atrás y otra alante, tal vez para que vayamos haciéndonos a la idea. Así de fácil. “Entre otros motivos -le respondo no sin un cierto toque de rabia en mi voz-,  porque lo mismo el día mañana nos despertamos todos con la intangible evidencia de que a la noche vinieron Ellos a separar definitivamente nuestra cabeza del cuerpo místico que antes éramos y sólo nos dejarán, como en el chiste de Forges, los ofuscados pinreles, eso sí, frente al televisor.

Y, si me apuras, Virgilio, hasta de los zahones seremos despojados, en cuyo cobijo temeroso guardábamos los cuatro euros perreros ganados con el sudor de nuestras neuronas y los espasmos del vil colon. Y tú, Virgilio insensible, en vez de morcilla caliente, comerás a partir de entonces arándanos de la China. ¿Te parece poco?”. Tras la retahíla me quedo sin resuello. Tengo serias dificultades para respirar. Y permanezco expectante.

Transcurre un tiempo eterno y Virgilio no dice nada. Simplemente ha saltado del sofá y se ha llegado a paso lento a su terrario dispuesto a evacuar consultas con su ángel de la guarda que vaya usted a saber si no es el mismísimo presidente de la Comisión Europea o el otro, el listo con cara de tonto y apellido de lateral derecho de la selección belga. Sí, ése, ése. ¿No se habrá pasado Virgilio al otro bando? ¿Pero a qué bando, por cierto? Estoy hecho un lío.

DIA 9: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DIA 9: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ  por Miguel Ávila Cabezas

DÍA 9: Cuando Virgilio determina hacer mutis por el foro no hay dios humano que lo convenza de que la obra sigue desarrollándose con el mismo decorado que presentara en su comienzo, e igual utilería y luminotecnia, y que él, le guste o no, es un personaje de primer orden, un protagonista de los de antes que es como decir de los de siempre.

Lleva Virgilio más de diez días cumpliendo voto de silencio y por más que lo intentamos todos los habitantes, ausentes y presentes, de esta casa que no es casa sino piso que mira a la mar preciosa, no conseguimos sacar de él ni un pobre maullido, ni siquiera un leve ronroneo. “¿Qué te ocurre, Virgilio? ¿Se te ha comido la lengua el gato? Aunque, siendo tú el gato, dudo mucho que el modismo tenga sentido aplicado a tu ser, que no a tu persona”.

Y, abundando en las mismas, es decir, en las lenguas muertas, Virgilio calla y calla y no tiene al menos el detalle de decir “esta lengua es mía”. Pero yo no me arredro y me dirijo a Virgilio en su condición de interlocutor válido, el único en estos tiempos de incuria, sentado a mi diestra en el pertinente sofá de terciopelo rojo. Tengo para mí que en sus últimas entregas “Saber y ganar” avanza a un ritmo inconsistente, un tanto errático, y quitando en parte al de Moratalaz, que tiene cara de listo, y lo es, no hay concursante con el empuje y la gracia de aquel de Palafrugell, que un aciago día determinara dejarnos al no acertar, intencionadamente estoy seguro, ninguna de las siete propuestas de “El reto”. Con tal de ganarme a Virgilio para la causa comunicativa saco arrestos del fondo proceloso del sopor y le planteo el siguiente reto (a la inversa, por supuesto).

“A ver, Virgilio, ¿qué te parece si jugamos un poco al juego de las palabras decapitadas? Sería como un reto al revés”. Y Virgilio, nuevamente, ni fu ni fa. “Venga, hombre, digo gato, es muy fácil. En vez de acertar la palabra por arriba lo hacemos por los dos lados. (…) ¿Es fácil, no?”. “¿Rebozadas las palabras de su mierda semántica? No es mala idea, por Misifú”. (¡Virgilio ha hablado! ¡Virgilio ha hablado! ¿Con qué gatada de las suyas me sorprenderá a continuación? Voyons). “¿Quién empieza?”, añade con los ojos encendidos de sana excitación logotópica, término este último que no sé qué pueda significar pero que aquí encaja como prima de riesgo en trasero de españolito te guarde dios.

“Empieza tú”, le exhorto ansioso. “Vale. Ahí va: “Puñetazo en testuz de rumiante. La última gran mentira del gran impostor”. Y al punto ni cala chapeo ni requiere espada sino que me mira de soslayo, me ofrece a la contemplación mística su lomo indiferente y pasa, simplemente pasa de mí y del universo entero. Ando aún buscando la solución al enigma por entre las frondas de la ignorancia y el miedo.

Tendré que apuntarme a los próximos ejercicios espirituales que se organicen por estos pagos, a ver si la blanca paloma me ilumina y no acaba cagándose, como siempre, en mi también errática cabeza. (Como las últimas entregas de “Saber y ganar”).

DIA 8: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DIA 8: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DÍA 8: Héteme aquí que me encontraba yo repantigado en el sofá de terciopelo rojo dándole un repaso a la prensa canallesca cuando en uno de sus profundos artículos de opinión leo atentamente lo que sigue: “… como lo mejor es enemigo de lo bueno y la política el arte del mal menor y de las soluciones imperfectas, los momentos de crisis serán una ocasión óptima para implantar de una vez la imperfección”.

¡Cuánta lucidez la de Antonio Valdecantos al mostrarnos una de las muchas caras ocultas de la falsa moneda que nos quieren endilgar como auténtica, es decir, como las que aún corren por su curso legal! Con la coartada de la espuria crisis, Virgilio, la involución está servida y Ellos (siempre Ellos) van a hacer de los demás, es decir, de nosotros (de ti y de mí, por ejemplo) lo que mejor les venga en gana: desde esperar alegremente a que nos muramos de asco, ahogados en el vómito hediondo de nuestro estupor, hasta usarnos como un trapo viejo para limpiarse las témporas excrementicias de su insaciable voracidad.

Ya no servimos para otra cosa que no sea sentarnos con la eternidad por compañera frente al televisor, o tener activados, sine die, esos ingenios demoníacos a los que otrora hacía yo referencia y que no abandonan ni para concebir en sus soledades mangurrinas el celestinesco humo de pajas. Se harán apuestas, y estas serán cada vez más elevadas, suicidas casi, con yogures caducados, condones de segunda mano y los añosos manuales de Educación para la Ciudadanía.

De perdíos al río, y yo te encontré en el estercolero de la Historia. ¿De qué hablo, me preguntas? ¿De qué voy a hablar, Virgilio? De la inminente Eurocopa, del último Festival de Eurovisión (¡uyyyy!) y, por supuesto, de la final de Gran Hermano.

En todos los cenáculos, cofradías, patios de vecindad, ateneos literarios, academias de buenas letras, prostíbulos de alto, medio y bajo standing, sacristías, conferencias episcopales, palacios, palacetes, tabucos y zaquizamís, encuentros mundiales de familias y comisiones de control (por citar) no se habla de otra cosa. ¿Crisis? ¿Qué es eso de la crisis? Puesto que se hace preciso volver a rescatar las esencias patrias, se va y se rescatan, con todos los eufemismos que hagan falta.

Y para ello se monta uno, ¡con dos cojones!, la Universidad de Verano de Quintanilla de Onésimo, con propuestas académicas y disciplinares de la siguiente enjundia y jaez: “Los toros y su casuística universal”, a cargo de la Aguerrida Guerrera Sin Antifaz; “La polisemia trilera del vocablo banco”, impartida por dimisionario Rodrigo Rato del Rey Abajo Ninguno; “Por el Deporte hacia Dios: Esgrima a la navaja, una alternativa patriótica donde las haya”, a cargo del primo del otro primo del cuñado del ministro de la Cosa Curta; “Gibraltar español”; por el otro menistro de más afuera; “El Inglés y la madre que lo parió”, por el catedrático y académico de la lengua Chiquito de la Camada; “Echarse al monte o la insoportable levedad del ser”, ofrecido, al alimón, por los Milá y adláteres. Y el curso estrella, que se habrá de seguir como trabajo de campo en la selva de Botswana, “Matar al proboscídeo”, con Él como mortificado responsable del mismo. Fecha de comienzo: 18 de julio de 2012. Fecha (probable) de finalización: 1 abril de 2015. (…) ¿Cómo dices, Virgilio? ¿Qué estoy loco? ¿Qué con tanta divagación se me ha pasado “Saber y ganar”? ¿Y el de Palafrugell, sigue? (…)

DIA 7: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Avila Cabezas

DIA 7: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Avila Cabezas

DÍA 7: Van con sus artilugios ausentes del mundanal ruïdo, que diría el ascético de guardia. Y como en el villancico, “marcan y marcan y vuelven a marcar” en un estado tal de concentración y apartamiento que al cabo transmutan en “errada muchedumbre”. Fray Luis de León, un visionario sin duda, lo percibió a su manera. He aquí los versos que precisan lo que apunto: Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo, / a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanzas, de recelo.

 Y en consecuencia, para ellos, no hay farola ni socavón ni ninguno de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, decíamos ayer, que se resistan a interponerse en su ensimismado camino. Mientras pienso esto, coartado por mi natural insolvencia para imprimirle a las palabras voluntad de sentido (el sopor me vence cada día más; creo que me estoy haciendo viejo), Virgilio se ha encaramado al televisor con la intención de atrapar entre sus garras alguna de las innumerables aves que revolotean allende la pantalla.

Y es que hoy echan uno de flamencos, y flamencas, enanos, con su vistoso plumaje rosáceo y enhiesto cuello, más enhiesto aún que el ciprés de Silos, con el permiso de Don Gerardo. “Saber y ganar” ha pasado sin pena ni gloria.

Ya no hay magníficos como los de antes. Los de ahora son un punto más que torpones en resolver la parte por el todo y así, en su desbocado afán por trincar el todo, acaban tan sólo llevándose una pírrica parte: el dabo. No sé si me explico. Pero… a lo que iba. Mientras Virgilio estaba patéticamente en lo suyo dale que te pego a un imposible, a mí me dio por meditar sobre el fenómeno WhatsApp, que no es otra cosa que un software propietario multiplataforma de mensajería instantánea para smartphones.

Casi ná. E insisto: no sé si me explico. Además, el que tenga dudas que busque en el mar de los Sargazos el tomo de la W y lo abra en la entrada correspondiente. Verá lo que encuentra. Nada. Pasan unos neurasténicos minutos y Virgilio tan sólo ha cazado el vacío, que viene a ser como una especie de WhatsApp enchufado inútilmente a su ánimo frustrado.

Vuelve Virgilio al sofá y el muy ingrato, sin dignarse siquiera emitir el más insignificante ronroneo, se echa cuan soberbio es dándome la espalda. ¿Los gatos tienen alma? ¿Vuelve el polvo al polvo? / ¿Vuela el alma al cielo? / ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? ¿Habrá un paraíso diseñado tan sólo para gatos, con miles de millones de flamencos, y flamencas, enanos, de enhiesto cuello, y de verdad? ¿En qué punto de la evolución nos hallamos? ¿Dónde los hombres? ¿Qué hora es? Definitivamente me he quedado dormido. Y Virgilio como si tal cosa.

DIA 6: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DIA 6: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ  por Miguel Ávila Cabezas

DÍA 6: “Hay que ver, Virgilio, cuán simples y superficiales me parecen los perros que llevan a sus dueños (y dueñas) de una correa atados al cuello por el Paseo de la Marina. Toda una vida, de perro, dedicada casi exclusivamente a olisquear y más olisquear, a mear y más mear, a comer y más comer, y a defecar en ese tan inoportuno momento en que no hay bolsa en que guardar la prueba irrefutable de su canina condición, la del delito defecatorio.

¿Y cuando uno de sus congéneres se cruza en su horizonte de sucesos? Nunca he llegado a entender su reacción alérgica, es decir, ese su afán en abroncarse mutuamente con ladridos intraducibles y en irse los unos a por los otros, y viceversa, con más histrionismo que valiente decisión. Y qué distintos sois vosotros los gatos, Virgilio, tan pintureros, tan, como diría el otro, exteriores y, en boca del castizo, tan "ehtilozoh".

Siempre que me cruzo con vosotros, ajenos, inmanentes, estáis como para una foto de un reportaje tipo fashion de Christian Dior; sí, el mismo que os hizo para que, cuando os viene a lo mejor en gana, seáis acariciados como uno desearía en verdad hacerlo con un tigre de Bengala, por citar. Y sobre vuestras deposiciones, para qué extenderme. Cuando hacéis eso, la discreción, el apartamiento y la apostura adornan vuestra pulcra divisa; sí, cagar en la soledad de vuestro gabinete, que diría el otro... poeta, viene a ser lo mismo que hacerlo con el poema mismo, tirando de ese primer verso parasimpático que los dioses graciosamente, según Valéry, nos conceden.

En fin, ¿tú qué piensas de esto que digo, Virgilio? Más que "exterior" te percibo ahora intrínseco. No estarás... deprimido”. Y Virgilio, abriendo tan sólo uno de sus ojos color amarillo-ocre, me mira como el que mira la caquita de un perro no retirada del paseo por el criado negligente, tras haber sido pisada por el incauto peatón. Y entonces dispara sin misericordia: "Esta vez no te voy a preguntar de qué errática neurona perdida en la inmensidad de tu vacío cerebro sacas tanta versación para tan nula semántica.

No quiero saber nada de vuestras cogitaciones escatológicas en torno a perros y gatos antitéticos. Que sepas, si es que en algo tienes capacidad para ello, que en asuntos excretorios vosotros, los humanos, sois los primeros inconsecuentes pues no paráis de pisar una y otra vez la misma mierda”.

Dicho esto, cierra el mencionado ojo y vuelve a su soledad y sus asuntos. Y yo, nuevamente, me quedo de piedra, tal un moái rapanui mirando hacia el vacío cuadrangular de la televisión. (Después de “Saber y ganar” emiten uno de buitres necrófagos). Sin embargo, no me resisto a hacerle un último envite. “¿Y a qué mierda te refieres, si puede saberse?”. Y Virgilio, sin dignarse siquiera a abrir ninguno de sus ojos, muy a pesar de que hoy se ha atiborrado de puré de lentejas, me responde con su proverbial estilo: “¿A qué mierda, preguntas? ¿Quieres en verdad saberlo? Pues te lo voy a decir. A la que ciscan vuestros perros amos en vuestras cobardes existencias. Ya no quedan bolsas de plástico para recoger tanto excremento. Toma nota”. Y vuelve a continuación a lo suyo, que vaya usted a saber qué sea. Este Virgilio está últimamente de un impenetrable que para sí lo hubiese querido Santa María Goretti, laica y mártir italiana. (Vid Wikipedia).

DIA 5: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DIA 5: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ  por Miguel Ávila Cabezas

DÍA 5: Ayer domingo, antes de que dieran las diez de la noche, el Granada C.F. se salvó por tres minutos y medio de bajar al séptimo círculo infernal de la 2ª división. En lo que dura un suspiro el universo puede hundirse en el colapso definitivo y, por esas cosas del azar o del destino (un balón emponzoñado al poste y un remate de cabeza de uno que pasaba por allí), se pueden perder por el sumidero de la Historia Nacional la ilusión y expectativas de miles de personas cuyo sentido vital no es otro que el que implacablemente toma el balón camino de la red.

Menos mal que a unos quinientos kilómetros de distancia la bota de uno que también pasaba por allí, al que llaman Falcao y, para más señas, del Atlético de Madrid, nos salvó in extremis de la débâcle. “¿Te imaginas, Virgilio, la que se hubiera armado si al delantero colombiano no le hubiera dado por empujar el esférico a donde en justa lógica correspondía, es decir, al fondo de la portería contraria?”. Entonces Virgilio me mira con su milenario escepticismo rayano en el insulto y como única respuesta me lanza su habitual tirada reduplicativa: ronrón ronrón.

Es sin embargo tal la fuerza de mi enardecimiento que no caigo en la cuenta de que, fiel a su condición gatuna, a Virgilio jamás le ha gustado el fútbol sino el criquet, el tenis de mesa y el chessboxing, y en este orden de preferencias antagónicas. A Virgilio le van los extremos como a mí, dicho sea en el mejor de los sentidos, los delanteros centro. “¡Salvados, salvados, estamos salvados!”, gritan a los cuatro vientos de la recesión y la prima de riesgo avecindada con los cirrocumulus las multitudes enardecidas. ¿Salvados? El día en que bajemos a la división inferior nos vamos a enterar de lo que vale un euro. Y ya falta muy poco, dicen por ahí.

En fin, no conviene ser derrotistas. Al menos tenemos toda una liga por delante para corregir errores y desfacer entuertos, bien sea echándose al monte o bien invocando el auxilio de aquel caballero de la triste figura que salió al mundo y se lo encontró hecho unos zorros (y unas zorras). “¿Y tú qué opinas, Virgilio?”. Y Virgilio ni se digna mirarme. A saber lo que se estará cociendo en su inextricable cerebro. Falta muy poco para que dé comienzo el programa y ya me estoy quedando dormido…

DIA 4: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DIA 4: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DÍA 4: Me he pasado todo el fin de semana buscando a Virgilio. Y nada. Virgilio (hay quien, por ajuste fonemático, lo llama Virilio) no aparece por ningún sitio. He mirado y remirado en cajones, oquedades, falsos fondos y en los lugares más recónditos de la casa, allí incluso donde nunca llegó la mano afanosa, y nada. Tan sólo oscuridad, desolación y vacío. Y es que cuando al interfecto le da por desaparecer, lo hace con un arte que para sí ya lo quisiera el capitán del Concordia, por citar.

En el oficio de la espantá, Virgilio es todo un maestro, por más que el mundo entero reclame su presencia para dar explicaciones de por qué se ha comido el plato de jamón que junto a la ventana de la cocina estaba expuesto a la envidiosa contemplación de la vecindad. ¡Ay, Virgilio, Virgilio, contigo no hay quien pueda, así se ponga la prima de riesgo más alta que la chulapería y soberbia de una que yo me sé! A lo que iba.

Cuando le da por lo que le da, Virgilio se torna escurridizo y volátil, y aquí que cada cual haga el símil que con mayor ímpetu le venga a las mientes. Es en esos críticos momentos del día (o de la noche, vaya usted a saber) cuando el Don saca paradójicamente a relucir su cualidad más oculta: la de la invisibilidad, que es igual que decir la de la inexistencia, tal y como le ocurriera a aquel Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Covertraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y Fez, uno de nuestros antepasados, de quien en el año de gracia de 1960 (O tempora, o mores!) ofreciera cumplida noticia nuestro Italo Calvino.

Así que decidí tirarme a la calle, procelosa, casquivana e impredecible como ella misma, y seguir la búsqueda allende el dulce hogar. Lo primero que hice fue acercarme a la zona de los contenedores que se encuentran alineados en la parte trasera del edificio por ver si al incontenible Virgilio le hubiera entrado el ansia de contemporizar con sus colaterales felinos. Pero nada de nada.

Quienes allí contendían por un triste yogur caducado o por un chusco de pan más duro que acostarse con un rinoceronte que ya no te quiere eran los Intocables del Nuevo Ciclo, algunos de ellos licenciados, con perdón, en Psicología y hasta en Física Cuántica, si me apuran. Bajé después a lo del Caimán, que todos los días del año tiene abiertas sus fauces desde las ocho de la mañana hasta la medianoche (los viernes, cuscús), pero allí nadie quería saber nada de nada que no tuviese que ver con la última jornada de liga en la que más de uno, y más de dos, se habrán de jugar su más que promisorio futuro. En la tienda con ínfulas de supermercado, la Pepi me clavó hasta el cogote sus dos ojos inquisitivos cuando le pregunté si por ventura había visto pasar a aquel que yo más quiero y por el que día tras día adolezco, peno y muero.

Su respuesta fue un ejemplo preciso de larga cambiada: “¿Pero es que tienes un gato, hijo?”. La respuesta de la estanquera fue sin embargo un modelo de finura y gran capacidad de ejecutoria en el lance de la suerte contraria (vid Cossío): “¿Virgilio, el autor de La Eneida, dices?”.

En mi torpe, si inútil, búsqueda, Marina arriba Marina abajo, alcancé la Plaza de la Libertad donde, a la sazón, los Ministros de la Cosa Nostra, es decir, los de Economía y Competitividad (¡Presente!), Empleo y Seguridad Social (¡Presenta!), Hacienda y Administraciones Públicas (¡Presente!), Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad (¡Presenta!), Interior (¡Dentro y Presente!) y, por supuesto, Educación Cultura y Deportes (¡Presente!), acompañados del ubicuo Presidente del Consejo General del Poder Judicial (¡Omnipresente!), todos ellos y algunos Padrastros de la Patria, de cuyos nombres ahora no puedo acordarme, procedían a la inauguración de una nueva Comisaría de Policía, dotada, como Dios manda, de los últimos avances en personal robótico y más que sofisticado material antidisturbios para la reprehensión de los locos indignados. Ni que decir tiene que Virgilio no se encontraba entre el más que apático público también allí presente. Abatido, opté al cabo por regresar a casa y cuán grande fue mi sorpresa (y, por qué no decirlo, mi alegría) al ver al cachazudo de mi gato dormitando en el sofá de terciopelo rojo. (La televisión, apagada). “Pero, Virgilio, ¿en dónde te has metido? ¿A dónde has ido? Te he estado buscando por toda la ciudad. Con decirte que hasta le he llegado a preguntar por ti a un grupo de municipales que contemporizaba alegremente en una esquina con uno al que habían detenido por intento de resistencia y obstrucción a la autoridad”.

Abriendo uno de sus ojos amarillo-ocre, esta fue la respuesta que recibí del aludido: “Yo soy tú y tú eres yo. ¿Quién es más gato de los dos?”. Está visto que el día cabalga al trote de preguntas por respuesta. Hay momentos en los que tengo para mí que me estoy volviendo realmente loco, si es que no lo estoy de veras. Y ya ha pasado el tiempo de emisión de “Saber y ganar”. Un desastre.

DIA 3: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

DIA 3: CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

- DÍA 3: A este Virgilio no hay quien lo entienda. (Ni que hablara latín). Sin ir más lejos, ayer mismo estaba que le salían chiribitas por los ojos, y por la boca nada más que arrebatados fonemas palatales, remedos exactos de los eructos que expele cuando come puré de lentejas, y como si ayer no hubiera ocurrido nada, el muy ladino se me arrima al sofá en el que, para no variar, sesteaba yo estre-mecido por la voluntad de ser y la certidumbre del no-estar. No sé si me explico correctamente.

Cuando abrí los ojos, por aquello de que a mi diestra noté una presencia extraña, la donosa Pilar Vázquez estaba aclarando la única pregunta a la que no había sabido responder el último de los concursantes de “Saber y ganar”, éste también de Palafrugell y, cosas del azar, primo del anterior, quien, por cierto, más adelante superaría el reto. A la sazón era la siguiente: “¿Qué es un cash flow?” Seis eran las respuestas posibles. No me resisto a trasladarlas aquí. Helas pues: 1. Un polo de limón. 2. Un expediente de regulación de empleo (ERE) de los controladores del aeropuerto de Castellón. 3. Un polo de fresa. 4. Una marca de palomitas de maíz con sabor a vacío. 5. Una contracción de beneficios como consecuencia de un proceso de diversificación en las transacciones de capital. 6. Un lance del juego de la petanca.

“¡Ninguno de los cheich!”, exclama inesperadamente Virgilio, quien asimismo adelanta su cabeza en un exasperado intento de querer meterla por el televisor para morderle los rizos a la curtida azafata con quince años de servicio, y a grandes voces añade: “¡¡Mientech como una bellaca, traidora, pecadora, candemora de la pradera!!”. De puro evanescente pasé en tan sólo un segundo a convertirme en dura piedra ante la procacidad del gato orate. “Pero, Virgilio, cómo te da por lanzarle esos insultos, esas… memeces de chistoso enajenado a una mujer que lo es todo en el mundo de los concursos televisivos, una auténtica señora, modelo de eficacia y discreción donde los haya. ¿Acaso has bebido?”. Y Virgilio ere que ere: “

¡Te digo que no es ninguna de las seis! ¡Están aplicando la estrategia del despiste y tú sin querer enterarte! ¿No te das cuenta de que la tomadura de pelo alcanza ya niveles universales? Todo es una infame componenda terminológica. Detrás de las palabras se esconden los ladrones de guante blanco, los que os están arrastrando al precipiciooooooo!”. Con su rostro incendiado por la ira, Virgilio ha recuperado de pronto su equilibrio fonético y ya no palataliza. Ha vuelto a la normalidad vocal, aunque me tiene muy hondamente preocupado. A veces tengo la impresión de que Virgilio no se entera de lo que ocurre ahí afuera. ¿O será el único que sí sabe lo que se cuece en la olla de las falsedades? ¿Será entonces Pilar Vázquez la portavoz del Gobierno? ¿Pero no era la Saénz de Santamaría? ¿Qué ya no lo es? ¿Y quién es ahora? (¿Inestrillas tal vez?). ¿No será Virgilio un agente disfrazado del CNI? ¿O acaso lo que sucede es que nos quieren hacer ver molinos de viento, con sus ruedas incluidas, donde en verdad hay despiadados e insaciables gigantes? Cervantes al revés. Como siempre. ¡Ah!, se me olvidaba, ¿sabe alguien lo que es un cash flow? (¡Virgilio!, ¡Virgilio! ¿Dónde estás? ¿A dónde has ido?).  

DÍA 2 "CON VIRGILIO EN EL SOFÁ" por Miguel Ávila Cabezas

DÍA 2 "CON VIRGILIO EN EL SOFÁ" por Miguel Ávila Cabezas

DÍA 2: Fiel a lo exclusivamente suyo, es decir, a su costumbre invasora, Virgilio vino de nuevo a echarse junto a mí en ese preciso momento en que el concursante de Pala…, Palagru…, Palafrugell (provincia de Girona) cayó eliminado en la prueba del reto pues se mostró harto lento y desmañado para dar con la última palabra de las siete cuyas respectivas definiciones le presentaba, en off y a velocidad de vértigo, Juanjo Cardenal.

Aquí consigno sus tres primeras letras y la definición propia por si hay alguien al otro lado que se atreva a adivinarla: CAM- = Hipócrita, astuto, embustero, que miente o tiene tendencia a mentir. Ni que decir tiene que, ya puestos, el sagaz de Virgilio dio a la primera con el término en cuestión: CAMANDULERO, y no CAMALEÓN como vanamente apuntara el palafrugellense, que tal es su gentilicio. “Pero, Virgilio, ¿cómo es posible que tú, un simple gato cuya única preocupación es no tener ninguna, sin comerlo y sin beberlo (que más quisieras, perillán…) haya dado con un vocablo tan abstruso? Y no me preguntes qué significa “abstruso”, pues no hay en el mundo entero nada ni nadie más abstruso que tú”. Con un instinto claramente palatalizante, sobre todo en la pronunciación del fonema fricativo coronal alveolar /s/, y no de arrebato falto, erizando su falso lomo se me encara entonces el minino máximo y tonante me lanza, a la guisa marianil, la proverbial epanadiplosis: “¡¡Inchidiach, echo chon inchidiach!!”.

Pasmao, o aun más que ello, atónito, es-tu-pe-fac-to digo, me quedo ante la intempestiva reacción metamórfica de quien un minuto antes no fuera invitado a echarse de nuevo a mi diestra adormilada. “Pero Mariano… digo Virgilio, ¿qué dices? ¿Por qué me gritas de esa forma tan… gatunamente incorrecta? Tú sabes, y lo sabes muy bien, que abstruso es adjetivo que hace referencia a algo (o alguien) que posee la cualidad de lo recóndito, de lo que es de difícil comprensión o inteligencia. Y si no lo sabes, mira el diccionario que para eso está”.

No quiero herir sensibilidades y por ello omitiré lo que al punto salió por la boca de Virgilio (ron-ron-ron) como réplica a mis palabras. Tan sólo referiré que sus pupilas se incendiaron de rabia y tomaron la vertical forma de dos navajitas plateás que en la quietud del salón-comedor (“Saber y ganar” ya había pasado el testigo a un documental sobre tiburones) no me perfilaron el gesto porque el dios del mercado no quiso que acabase convertido en un activo tóxico. Menuda se las gasta el felino cuando se mosquea.

Desde entonces permanece en su rincón como un Don Tancredo, inasequible al desaliento e impasible el alemán; y se niega en rotundo a conceder entrevistas. Tengo para mí que este gato está triste… y azul. En fin, ya veremos lo que me deparará el mañana, vacío y por ventura pasajero. (¡Ay Machado, Machado, Don Antonio, cuánta razón tenías!).

CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

CON VIRGILIO EN EL SOFÁ por Miguel Ávila Cabezas

 DÍA 1: Hoy Virgilio vino echarse a mi diestra en el sofá de terciopelo rojo. Ciertamente yo no lo esperaba pues él sabe sobradamente que cada cual es dueño y señor del espacio que le corresponde en suerte vital, y de la misma manera que nunca se me pasaría por la nevada cabeza ocupar el suyo, por ejemplo, elucubrar escatológicamente en su terrario, donde no habitan reptiles ni anfibios sino los eventos consuetudinarios que acontecen después de la digestión de su pienso para gatos esterilizados y con tendencia al sobrepeso, no veo por qué motivo él tiene que hacerlo con el mío aprovechándose de que en tal momento no estaba yo muy ojo avizor que digamos por más que enfrente tuviese a un cada vez más rejuvenecido y eternamente optimista Jordi Hurtado bregando en la pregunta caliente con los tres concursantes de “Saber y ganar”.

¿La procesión va por dentro? Virgilio es más listo que el hambre que él nunca pasa y aprovecha la ocasión en que yo me comienzo a ir, flotando, por el abismo del sueño para echarse en el sofá, a mi diestra, y, claro, ponerse a ronronear que es lo que sin duda más me embelesa, más, incluso, que el hecho mismo de que, al primer envite, el ganador del reto acierte el enigma planteado en la parte por el todo.

Y ante tal tesitura qué puedo hacer sino ponerme a acariciarle el lomo grisperla al ritmo concorde y mecánico que él va marcando con su ronroneo… ¿Qué hacer entonces, insistís? Nada: dejarse caer y callar, caer y callar pues a fin de cuentas, tal y como está de intervenido el patio, de un momento a otro el mundo se puede acabar. “O los ahorros que no tienes te los pueden quitar”, me susurra al oído el gato ausente. “Fíjate en lo de Bankia”, añade. “¿Lo de Bankia?”, le pregunto, sin caer de momento en la cuenta de que he iniciado un diálogo letárgico con un minino doméstico y bribón. “Sí, lo de Bankia, ¿es que no te has enterado?”. “Bueno algo he leído recientemente en la prensa.

Parece que ha dimitido su presidente a cambio de un quíteme usted allá esos millones en Educación y Sanidad para inyectárselos en pura vena financiera más rápidamente aún que el caballo del bueno, que, en palabras de San Juan de esa Cruz tan grande en la que nos están clavando los de allá arriba, siempre le da a la caza alcance, que es como decir que nunca ceja en su empeño de pillar al malo a fin de que el pistolero ecuánime le dé su justo merecido en plomo, por truhán y malnacido”.

“Se puede decir más alto pero no más claro”, remacha con el tópico Virgilio, y añade preguntando tras un receso en su ronroneo: “¿Y quiénes crees tú que son los malos de la película, los truhanes y malnacidos de los que hablas?” “Quiénes van a ser, Virgilio, nosotros, los que no nos podemos evadir de la realidad por mucho que al silencio le hablemos por el móvil como parece que, congelado en ese microsegundo ya convertido en un rato eterno, está haciendo el saliente presidente en la foto de portada. ¿Estará pactando el monto de la indemnización millonaria por haber sido “obligado” a dimitir? Tú qué opinas, Virgilio”.

“Yo no opino nada, que después todo se sabe y pueden venir a buscarme los sicarios de la cosa nostra. Por cierto, ¿te acuerdas de la frase aquella que en 1976 pronunciara aquél (q.e.p.d.); lo de “la calle es mía”? Pues, como no os deis prisa no es que la calle vaya a ser de ellos (que siempre lo ha sido) sino que también se apropiarán definitivamente de vuestra dignidad como lo están haciendo con vuestro futuro. Bankia es una banderilla más de las muchas que os han clavado en el lomo agora acobardado y otrora complaciente”. “¡Cuán difícil me lo ponéis, amigo Sancho!”, le endoso a la guisa cervantina.

“Querido Max, no te pongas estupendo, y deja de sobarme el lomo, que ya ha terminado el programa cómplice de tu sopor y va a dar comienzo “Aquí no hay quien viva”.

Así que ahí te quedas que yo voy a ver qué cuentas incluyen los activos fijos de los contenedores. Por cierto, ¿te has dado cuenta el apellido tan raro que tiene el sustituto del que habla eternamente por el móvil mirando hacia ningún sitio?” “Ya. Impronunciable -le respondo de nuevo-. Será para despistar”, le revelo. “Eso será”, concluye Virgilio. “Agur, machote”. Y como el valentón de marras, el minino incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese, y no hubo nada. (Cervantes, por supuesto).