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Historia de Motril

La Desbandá se conmemorará el domingo 5 de febrero con una marcha entre Almuñécar-Salobreña

Angel Coello de Izquierda Unida ha anunciado el programa elaborado por la coalición de izquierdas para conmemorar La Desbandá que se originó en la guerra civil española. Un nutrido grupo de personas reeditarán aquella huida con una marcha que partirá de Málaga el próximo día 3. LLegarán a la desembocadura del río Gudalfeo de Salobreña el domingo al medidodía.

En este sentido IU convoca a todos aquellos ciudadanos que lo deseen a participar en el tramo comprendido entre Almuñécar- Salobreña.

Domingo 5 de Febrero desde Almuñecar (9.30 Paseo Blas Infante) hacia SALOBREÑA (14.00-14.30h. en Monolito Puente Rio Guadalfeo) . AUTOBUS LINEA DE ALSINA SALIDA A LAS 8.20 H DE SALOBREÑA-ALMUÑECAR

La llegada a Salobreña está prevista a las 13.00h. El recorrido en SALOBREÑA será: Entrada por cruce N340 con Ctra. del Cementerio. Avda. 28 Febrero. Plaza Juan Carlos I. Avda. Antonio Machado. C/Fábrica Nueva. Avda. Federico García Lorca. Avda. Mediterráneo. Paseo Marítimo. Monolito en Puente Rio Guadalfeo. 

Historia de La Desbandá

En febrero de 1937, entre 60.000 y 100.000 personas salieron de Málaga hacia Almería por la carretera de la costa. Huían de las tropas franquistas. En el intento murieron al menos 5.000 republicanos. Caían de hambre, disparados por dos barcos, el Cervera y el Canarias,que costeaban junto a ellos. Muchos de ellos murieron asediados por la aviación alemana y ametrallados desde los montes. Eran en su mayoría mujeres y niños. Al llegar a Salobreña en la desembocadura del río Guadalfeo, una riada se llevo a gran parte de los que hasta este término municipal habían llegado.

En esta “desbandada” de personas se fueron incorporando muchas otras de los pueblos por los que discurría  como la Axarquía malagueña, Vélez Málaga, Torrox, Nerja, Almuñécar, Motril, Vélez de Benaudalla etc. Toda esta población en éxodo fue duramente hostigada, básicamente desde el mar, donde los barcos sublevados cañoneaban a placer a la población civil.

Izquierda Unida ha presentado una iniciativa en los principales municipios de la costa granadina; Motril, Almuñecar, Salobreña y Vélez, en la que pedirán a la Consejería de Gobernación y Justicia de la Junta de Andalucía la declaración de Lugar de Memoria Histórica y su inclusión en el Catálogo de Lugares de Memoria Histórica de Andalucía, la desembocadura del río Guadalfeo. Para ello la organización de izquierdas se apoya en lo dispuesto en el Decreto 264/2011, de 2 de agosto, por el que se crean y regulan la figura de Lugar de Memoria Histórica de Andalucía.


Testigos de La Desbandá

José Calleja tiene 71 años. En 1937, con cuatro años huyó junto a su familia sobre una burra que él recuerda blanca. "Yo iba en un serón que colgaba del animal", narra ahora encorvado y con los ojos llorosos. "Me asomaba del capazo y contaba los cadáveres. Mi madre me decía que era gente durmiendo", relata emocionado. 

Los supervivientes cuentan que es difícil describir tanto horror. Calleja, rebeca de lana y boina ladeada, afirma que huyeron por miedo a las represalias y porque contaban que los soldados marroquíes les cortaban los senos a las mujeres. Su prima, Concha Lara, de 78 años, iba con ellos: "Ni siquiera nos dejaban huir".

José y Concha están en la exposición que la Diputación de Málaga ha organizado sobre el cirujano canadiense Norman Bethune, que ayudó en el éxodo. Al reclamo de la exposición, que recoge la vida de Bethune y su estancia en Málaga a través de fotografías, muchos de los supervivientes se pusieron en contacto con la organización. Ayer, al clausurar la muestra, la diputación les rindió homenaje. El crimen de la carretera de Málaga, como se conoció, fue una de las peores matanzas de civiles de la guerra, pero es poco conocida. 

Francisco Martín también tenía ocho años. Panadero jubilado, viste chaqueta y corbata para la ocasión, y recuerda que su familia huyó en una camioneta. "Sólo circulaba de noche para no dar pistas a los barcos que nos disparaban". No comió hasta Orihuela, en Alicante, donde un hombre que vio la camioneta llena de niños les regaló un montón de dátiles. Ya tenía sarna. 

Vicente Vaquero (Archidona, 1911) es de los mayores entre los supervivientes. Con su bastón, su pelo al cepillo y su traje marrón recuerda que salió de Málaga en retirada el 8 de febrero, la misma mañana en que 25.000 soldados italianos, alemanes y nacionales entran en la ciudad. "El día lo pasábamos escondidos en el monte, escuchando los cañonazos de los barcos y de noche avanzábamos entre sangre y cadáveres". 

La carretera era un blanco fácil desde el mar. Hoy es la nacional 340 y discurre pegada a la costa, encajonada por Sierra Nevada. Actualmente, está jalonada por chalés e invernaderos. Los supervivientes aseguran que no sienten nada al pasar por allí. 

Uno de los más afectados era Gaspar López Barros, que tenía 10 años y vivía en Alhama de Almería, a 223 kilómetros de Málaga. Allí llegaron días después de haber salido muchos de los emigrantes. "Llegaron al pueblo cayéndose. No podían dar un paso más. Los niños venían descalzos, muchos de ellos solos. Les abrimos las casas y les dimos de comer". Lo peor había pasado. Comenzaba para los supervivientes la cárcel, la posguerra y, 67 años después, un pequeño homenaje. 

Pepe López Lengo hablará sobre Díaz Moreu en el Aula de Pensamiento

Pepe López Lengo hablará sobre Díaz Moreu en el Aula de Pensamiento

José López Lengo y Gabriel Medina.- Emilio Díaz Moreu hijo de Antonio Díaz Quintana y de Dolores Moreu Sánchez, familia acomodada, nació en Motril en al Calle Pozuelo, esquina a Cruz de Conchas, el 28 de enero de 1846.  

A los doce años de edad ingresa en la Academia Naval como aspirante; dos años mas tarde es nombrado Guardiamarina de 2ª clase, embarcado con carácter de "dotación" en el Rey D. Francisco de Asís", y tres después Guardiamarina de 1ª Clase; en 1864 e oficial del "Vapor Colón", pasado un año asciende al empleo de Alférez de Navío. El mando de una embarcación lo obtiene por primera vez al ser nombrado Comandante de la Falúa nº 14 "Buen viaje" el 13 de abril de 1867, posteriormente desempaña empleos de responsabilidad en buques de mayor tonelaje u categoría militar.

A primeros de septiembre de 1869, Moreu es dotación de la Fragata Numancia. El 26 de noviembre de 1870, sale del puerto de Cartagena para Génova con la escuadra llevando a bordo parte de la Comisión de las Constituyentes que va a presentar honores a S. Amadeo de Saboya y acompañarlo en su viaje a España  como Rey proclamado por las Cortes.

        El primero de enero de 1871, se le nombró Ayudante de Ordenes del Rey y el 25 del mismo, Secretario de su Cuarto Militar, situación que perdura hasta el 19 de abril de 1872 que se le destinó a la Escuadra del Mediterráneo, enmarcando en la fragata "Villa de Madrid"; en 1873 es destinado a Filipinas donde rinde varios servicios, como luego en el Atlántico y el Mediterráneo auxiliando al Ejercito en la campaña de Melilla.

      En 1894, mandando el "Conde de Venadito", condujo desde Melilla a Mazagan al general José Arsenio Martínez Campos, Embajador Extraordinario de Marruecos. A partir del 12 de junio queda en Madrid por haber sido elegido Diputado a Cortes por el distrito de Motril, hasta febrero de 1896 que cesa en el cardo por disolución de las Cortes.

 En noviembre de este año es nombrado Comandante del acorazado "Cristóbal Colon" y jefe de la Comisión Inspectora para su construcción en Génova; se mantiene en el puesto de Comandante del acorazado hasta el día 3 de julio de 1898, que es encallado y hundido  durante el combate naval de Santiago de Cuba, librado contra la escuadra norte americana. Después del cual, es conducido a Annapolis (Base naval USA) hasta el 2 de septiembre en que por orden del Gobierno de Estados Unidos, se le concedió la libertad.

Embarcó en Nueva York en el vapor alemán "Eulde" y desembarco en Gibraltar el 12, de donde pasó a Madrid. A causa del combate se le somete a Consejo de guerra del que sale absuelto el 7 de septiembre de 1899.

Falleció en Alicante el 1 de marzo de 1913. Años después sus restos se trasladaron al panteón de los Díaz Quintana, en el cementerio de Motril.

Motril celebra este viernes el voto de la ciudad con sus patronos La Virgen de la Cabeza y El Nazareno

Motril celebra este viernes el voto de la ciudad con sus patronos La Virgen de la Cabeza y El Nazareno

Santuario de la Virgen de la Cabeza de Motril ( Motril@Digital )

Motril@Digital Juan Mateo.-La fecha del 13 de enero de 1804 quedó grabada en los anales de la historia de Motril a consecuencia de aquellos terremotos que por espacio de 15 días aterrorizaron a la población, haciéndola emigrar durante este periodo de tiempo a la zona norte de la ciudad y a la playa, donde dormían y comían a la intemperie.

Las manecillas del reloj estaban próximas a marcar las cinco y media de la tarde, cuando se sintió la primera sacudida con un grado de intensidad de 5,5 en la escala de Richter. El epicentro se lograba localizar en las coordenadas 3º30´Oeste y 36º42´Norte.

La fuerza del sismo sacudió las antiguas edificaciones como si fueran merengues, destruyendo muchas de ellas sin apenas dificultad.

El por entonces distribuidor de mayor de la Junta de Fábricas de la Iglesia Mayor de Motril, envió al Arzobispado de Granada un oficio en el que se podía leer “El violento terremoto que hemos sentidoen este pueblo, en el día 13 a las 5,30 de la tared, dejando todos los edificios quebrantados, unos y otros medio arruinados, han maltratado tanto a esta iglesia que nos obligó a colocar algunas imágenes en los Padres de San Francisco de Padua y poner patente en ella al santísimo sacramento. Ha sido preciso desarmar el reloj y quitarlo de la torre; dejar de tocar las campanas y pensar en derribarla porque por instantes se desploma. No me es posible juntar la distribución para dar cuenta a vuestra señoría. Que no cesan de repetir los terremotos y todos los habitantes que están fuera de sus casas, sin más albergue que una triste choza, que los más acomodados han fabricado de paja. Yo no estoy capaz de decir más, pues hace tres días y tres noches que no como ni duermo, ni oigo más que lamentos. Suplico de vuestra señoría manden maestros que reconozcan el daño y nos provean de remedio. Dios Nuestro Señor guarde la vida de vuestras mercedes”. Este memorial está firmado el 16 de enero de 1804, cuando se estaba en plena acción sísmica.

Quince días después la ciudad de Motril hacía voto a los santos patrones la Virgen de la Cabeza y Nuestro Padres Jesús Nazareno, “sacándolos en procesión eternamente mientras la ciudad guarde memoria de aquellos movimientos telúricos.

Una promesa que pronto pasó al olvido por parte de los motrileños de los últimos compases del siglo XIX, hasta que volvió a ser retomada tras los terremotos habidos en diciembre y enero de 1885-86.

La imagen del Nazareno se traslada desde la Iglesia de la Encarnación hasta el Santuario de la Virgen de la Cabeza para recoger a la patrona de Motril. Retornan a la Iglesia Mayor y permanecen ambos en la misma durante cinco días, tiempo en el que se celebra en el templo  un quinario. El día 13 se efectúa en procesión el retorno de la Virgen de la Cabeza a su templo en compañía del Nazareno que posteriormente vuelve al suyo, no sin antes bendecir la vega de motrileña.

El paisaje urbanístico del Motril del s.XIX estaba compuesto por casas de planta baja, construidas a base de piedras, ladrillo, tierra y sin unos cimientos adecuados que sostuvieran en pie en caso de un terremoto de la intensidad que se dio en Motril. Era frecuente la construcción a base de pilares de machacones de ladrillo, rellenos con piedra tomada con barro.

Hoy después de tantos años transcurridos, el voto de la ciudad de Motril sigue siendo parte vigente de la historia de este pueblo. El Ayuntamiento de Motril en pleno acordó que el 13 de enero fuera una de las dos fiestas locales  que la institución municipal tiene la potestad de elegir para Motril.

"Diego María de Burgos (2ª parte)" por Manuel Domínguez García

"Diego María de Burgos (2ª parte)" por Manuel Domínguez García

Cuando al anochecer de 23 de mayo de 1812 la guarnición francesa de Motril se retira a Granada, Diego María y su padre la acompañan por temor a las represalias de los guerrilleros y en especial por miedo a la partida del Alcalde de Otivar que operaba entre Almuñécar y Castell de Ferro.

Calmada la situación y ocupado Motril por las tropas españolas, Diego María vuelve a la ciudad el 8 de julio, ocupando de nuevo el cargo de corregidor, puesto en el que no estará mucho tiempo al ser destituido al formarse una nueva corporación municipal a primeros de 1813.

Algunos meses después es detenido acusándosele de colaboracionismo con los franceses y se le abrió proceso de depuración por no haber podido justificar las cuentas de lo suministrado a la fuerzas francesas de ocupación y de lo cobrado por contribuciones en el periodo en el que estuvo al frente del Ayuntamiento. Al final del proceso no le fue observada  ninguna conducta política que hubiese dañado los intereses de la Patria y aunque se le acusó de malversación de fondos, tampoco se le pudo demostrar, puesto que no se encontraron ni las famosas cuentas, ni los justificantes de los cobros; ya que como afirmaba Diego María, su casa fue saqueada en 29 de mayo de mayo de 1812 y los resúmenes de lo recaudado para los franceses fueron enviados a Granada, llevándoselos estos en su retirada.

Entre 1813 y 1819 menudean los informes sobre su conducta política en la época del gobierno de José I, pero la realidad fue que Diego María de Burgos se libró de la represión sufrida por  los afrancesados en la primera parte del reinado de Fernando VII y no tuvo que exiliarse de España como su hermano Francisco Javier.

De hecho para 1817  Diego María ya ostentaba su antiguo empleo de subteniente de la Compañía Cívica de Motril, lo que produjo un enorme revuelo de informes favorables y contradictorios, pero lo cierto es que la Corona otorgó su visto bueno con relativa facilidad.

Cuando en 1820 se produce el pronunciamiento liberal de Riego que obtiene éxito e implanta de nuevo la Constitución de 1812 abolida por el rey, Diego María es nombrado por el nuevo gobierno liberal Juez de Primera Instancia de Motril y su partido y en 1822, tras presentarse a las elecciones municipales, es elegido Alcalde Constitucional de la ciudad, cargo que desempeñó a satisfacción de todos los progresistas motrileños. 

Junta de Seguridad Pública 

En agosto de 1823, tras la reacción de Fernando VII con el apoyo de un ejercito francés llamado de los “Cien Mil Hijos de San Luis” para acabar con el régimen de libertades constitucionales y reinstaurar el absolutismo borbónico, los liberales  motrileños huyen de la ciudad ante el temor de ser encarcelados o fusilados; pero no así Diego María de Burgos que constituyó en pocos días junto a otros ultraabsolutistas locales, prelados de los conventos e Iglesia Mayor, antiguos regidores perpetuos y terratenientes una junta provisional llamada de Seguridad Pública con la que se mantuvo el orden público, encarcelando a todos aquellos que de alguna manera habían colaborado, en Motril, con el régimen constitucional.

En 1824, Fernando VII le hizo merced, debido a sus buenos servicios, del oficio de regidor perpetuo del Ayuntamiento de Motril. Desde esta fecha Diego María siguió al punto y estuvo presente en toda la actividad política local y provincial y en 1827, de nuevo el rey le otorgó un nuevo nombramiento vitalicio como Ordenador Perpetuo de Marina con derecho a pensión, cargo que ostentó en los últimos años de su vida.

Y esta es, el breves rasgos, la vida política de un motrileño Diego María de Burgos y Olmo, hijo de la más ilustre familia de Motril, que supo tener la sorprendente virtud de estar por encima de los acontecimientos políticos, de la época, difícil época, que le toco vivir.

"Antonio Lorenzo Camarón" por Antonio Peralta Gámez

"Antonio Lorenzo Camarón" por Antonio Peralta Gámez

Antonio Lorenzo Camarón nace el día  23 de junio de  1944 en el pueblo zamorano de Villanueva de Campeán. Su ambiente familiar y las múltiples becas y premios al mejor estudiante y al mejor becario con que fue galardonado desde su infancia nos han dejado constancia de su pronto interés por el conocimiento y de su capacidad intelectual.

Realizó estudios religiosos en la Universidad Pontificia de Roma (Italia), licenciándose en Teología Sacra y Filosofía. Más tarde, continúa estudios civiles en España y, para poder ejercer en la enseñanza pública, vuelve a realizar la carrera de Filosofía Pura en la Universidad de Valencia, obteniendo de nuevo la licenciatura en dicha especialidad. Después, se diploma en la Escuela Superior de Psicología de la Universidad de Salamanca, realizando paralelamente en el Conservatorio de esta ciudad los estudios superiores de música.

Posteriormente, se traslada a Roma para especializarse en órgano, labor que compagina con la dirección del Coro «Borgo Podgora» y su trabajo como organista del Colegio Español de S. José en dicha ciudad, desde 1964 a 1968.

El año 1969 obtiene por oposición la plaza de organista titular de la S. I. Catedral de Zamora, ocupación que alterna con la dedicación como organista del Coro «Voces de la Tierra», dirigido por Miguel Manzano, con el que recorrió en gira de conciertos varias universidades de Escocia y Alemania.

De 1976 a 1979 fue profesor de música en el I.N.B. «García Morente» de Madrid. Durante todos estos años estudia idiomas, llegando a hablar con fluidez italiano, alemán, francés, in-glés y catalán. Hacía, además, un uso extraordinario del latín como si de un idioma vivo se tratara.

En 1980 se traslada a Motril, ejerciendo como catedrático de Filosofía en el I.N.B. «Francisco Javier de Burgos», del que fue también director durante los cursos  1983/84 y  1984/85. En Motril se establece definitivamente, formando una familia con la motrileña Inmaculada Peláez García, de cuyo matrimonio tiene tres hijas y alternando su trabajo en la enseñanza con la dirección de la Coral «Ciudad de Motril» durante quince años.

Su inquietud por el conocimiento en general y por la música en especial le lleva a matricularse en la Universidad de Granada en la recién creada especialidad de Musicología, obteniendo una nueva licenciatura, completada con los cursos de doctor en dicha especialidad. Realizó diversas investigaciones musicales y no musicales relacionadas con la ciudad de Motril, destacando el estudio musical sobre el «Canto de tradición oral de Motril». En este arduo trabajo transcribió numerosas canciones entre las que existen romances, villancicos, tonadas de ronda, bailes, etc., armonizando algunas para su interpretación por la coral que dirigía y dando muestra de su amor por dar a conocer tanto el patrimonio musical como la riqueza lingüística de España.

Fue una persona entregada y comprometida con la cultura. Así queda reflejado, entre otras actuaciones, en los comentarios de conciertos que escribió para periódicos locales y provinciales, en su colaboración como jurado en la XII Semana Internacional de Cine Médico de Motril en el apartado de Cine Educativo, en sus intervenciones como pianista en los primeros años del grupo «Amigos de la Lírica», en la participación en un anteproyecto para la creación de un órgano nuevo en la Iglesia Mayor de la Encarnación de Motril y en su colaboración en el inicio de un estudio sobre «La Judea». Desdichadamente, a pesar del entusiasmo que Antonio Lorenzo puso en este fin, nunca pudo verlo realizado.

Motril, con la desaparición de Antonio Lorenzo Camarón un desgraciado día 18 de enero de 1995, perdió una de las más doctas figuras del mundo de la música y la cultura en esta ciudad.

Del libro “Motril Música y Músicos”. Autor: Antonio Peralta. Editorial Alhulia 2006

"Diego María de Burgos" ( 1ª parte) por Manuel Domínguez García

"Diego María de Burgos" ( 1ª parte) por Manuel Domínguez García

Vista de Motril

En la historia de todos los pueblos y países del mundo, siempre han existido figuras políticas que han sabido mantenerse de una u otra manera, encumbrados en el poder sin preocuparse demasiado por el sistema político imperante que tenían que defender o que representar en cada momento de su labor como cargos públicos.

En la historia local motrileña, también, y para no ser menos, tenemos varios ejemplos de esa versatilidad, de ese camaleonismo político practicado por las clases dominantes en el poder y que ocultaban, mas o menos veladamente, un cierto instinto de conservación de sus propios privilegios.

De todos los políticos locales presentes y pasados que nos pueden servir de ejemplo, hemos centrado el tema de este articulo en el que, en nuestra opinión, mejor resume, estas características citadas anteriormente, lo que no implica que en sus diversas etapas de gobierno de Motril, no realizase una magnifica labor en pro de la ciudad y sus habitantes sin importarle demasiado el color del régimen imperante: Diego María de Burgos y Olmo.

Diego María, a juzgar por algunos de sus escritos que conocemos, era un hombre muy culto. Posiblemente estudió Leyes en la Universidad de Granada si hacemos caso a algunas referencias que indirectamente así parecen afirmarlo.

Lo cierto es que lo encontramos en Motril en los primeros años del siglo XIX dedicado fundamentalmente a los negocios de su familia.

La familia Burgos era en esta época seguramente las más rica e influyente de la  localidad. Su padre Diego Antonio de Burgos, importante terrateniente, había llegado a acumular una considerable fortuna gracias al algodón y a su comercio y su hermano Francisco Javier, que después sería el primer ministro de Fomento de la historia de España, era propietario de la única fábrica de azúcar que por esta fechas iniciales de la centuria aun molía caña en Motril.

La Guerra de la Independencia 

Las primeras noticias de sus actuaciones políticas las tenemos en junio de 1808, cuando, aunque parece que no muy decididamente, se pone al servicio de la Junta de Gobierno creada en esta ciudad costera al comienzo de la Guerra de la Independencia, integrándose en la compañía de Milicias Cívicas que había sido formada por su hermano Francisco Javier para la defensa de Motril ante un posible ataque o invasión de los franceses.

Así entre los nombres familiares y su grado de subteniente de la Compañía Cívica transcurren 1808 y 1809 sin que su figura resalte en ningún aspecto de la vida política local.

Cuando las tropas franceses llegan finalmente a Motril al mando del general Tracy el 16 de febrero de 1810, la familia Burgos, al igual que casi todas las familias de la oligarquía motrileña y el gobernador de la ciudad, teniente coronel Duncar, los reciben amistosamente; aunque ningún Burgos formó parte de la comisión que al poco tiempo se dirigió al encuentro de José Bonaparte para rendirle obediencia y fidelidad.       Así lo afirma el mismo Diego María en la información de su proceso como afrancesado. Cuando a merced de los decretos de José I, se forma en abril de 1810 un nuevo Ayuntamiento afrancesado, en el figurarían como munícipes primero su padre y posteriormente Diego María. Unos meses después, finales de 1810, se le nombra capitán de una de las recién creadas Compañías Urbanas, aunque como también se cita en uno de los informes de Ayuntamiento de 1819 sobre su conducta política, Diego jamás hizo armas contra los españoles.

Su actuación política entre 1810 y 1811 fue más bien discreta, permaneciendo en un segundo plano por lo que se refiere a la actuación de su padre, Diego Antonio, como corregidor, figura que acaparó, junto a comisario de policía afrancesado Antonio de Rivas, toda la atención de estos años.

En enero de 1812 fue elegido por votación popular Diputado del Común; cargo que compartió con José de Ariza, siendo el nuevo corregidor el citado Antonio de Rivas, que al ser cesado por la Prefectura de Granada y procediéndose a una nueva elección, resultó elegido para el cargo de corregidor Diego María de Burgos, que tomó posesión de su cargo en el Ayuntamiento de Motril a fines de febrero de 1812.

Durante su breve mandato municipal consiguió, posiblemente gracias a la influencia de su hermano Francisco Javier a la sazón subprefecto de Almería, que fuese relevado de Motril el batallón polaco número 43 de guarnición en esta plaza y que se hizo tristemente famoso por sus saqueos en la población y en la vega.

Diego María continuó cobrando al pueblo de Motril las contribuciones impuestas por los franceses, aunque trató y en algunos momentos consiguió que rebajasen la cuota total impuesta.

"Motril, la ciudad invisible". Por Manuel Domínguez García

"Motril, la ciudad invisible". Por Manuel Domínguez García

Pensé titular este artículo como “El Motril que fue”, pero al final decidí llamarlo “Motril, la ciudad invisible” al modo de la obra homónima de Italo Calvino en la que el protagonista llega a la ciudad soñada y nos enseña que los deseos son ya fundamentalmente recuerdos.

            Y es que las ciudades viven en nosotros como los amores, son lo que fueron y lo que quisimos que fueran. Como en el amor, las construimos con el afecto y parecen borrarse a veces del recuerdo, pero reaparecen casi siempre en el acto involuntario de la memoria. Preferimos verlas como las amamos y no como nos las cambiaron en el transcurso del tiempo.

            Aunque sufran metamorfosis, son casi siempre lo que fueron en los recuerdos de la infancia; aunque crezcan o se degraden, siguen ahí perennes en nuestra mente como una topografía inmune a las variaciones impuestas por el tiempo y por los hombres. Una ciudad es en principio el espacio de la infancia, de los amores, de la amistad, de la familia. Topografía y arquitectura se vincularan así siempre al universo afectivo de los hombres y la ciudad, nuestro Motril, acabará convirtiéndose en una “fundación mitológica”, es decir en un espacio sin tiempo.

            En nuestra memoria, la ciudad en la que hace años vivimos y amamos no existe ya bajo la engañosa idea del progreso. Al resistirnos a ver Motril como lo que ha llegado a ser, congelamos su imagen en una foto fija que nos habla de lo que fue. Objeto de nostalgias, nuestra ciudad deja de ser una topografía urbana para convertirse en una topografía afectiva y emocional. Ciudad antigua, ciudad moderna, ambas son refundidas por la memoria para obtener nuestra propia imagen subjetiva.

            Pero ese grueso álbum de fotografías mentales que nos enfrenta al Motril en el que vivimos a través del tiempo, nos enfrenta también a las ficciones de nuestra memoria, que nunca se corresponden con un mapa real. Recordamos sin duda lo que deseamos recordar y precisamente por ello las ciudades recordadas son sometidas por nuestra mente a quiméricos recuerdos, a una poética que la memoria iconográfica reconstruye con el deseo y la añoranza.

La vista se pasea entonces por el tiempo y asiste impasible a las metamorfosis de un paisaje que desmiente la memoria. Podríamos identificar los lugares, reemplazar alguna casa solariega por otra más moderna, construirle edificaciones a terrenos antes de cultivo; podríamos, por lo tanto, poner en funcionamiento el dispositivo de la memoria, haciendo un poco igual a lo que nos sucede con esos álbumes de fotos familiares, donde algunas de las personas que aparecen en antiguas fotos nos son desconocidas pero a quienes siempre les buscamos rasgos físicos que nos lleven a encontrar parentescos.

            Allí, en aquella casa ya desaparecida tuvimos nuestros juegos infantiles, allá en aquella calle hoy tan distinta experimentamos la amistad, en aquel callejón oscuro sentimos el miedo y aquel camino que conducía a la vega es hoy calle asfaltada.

Los jóvenes de mayo del 68 escribieron en los muros de la facultad de Arquitectura de la Universidad de Paris que los arquitectos eran los urbanistas de la segregación social. Ciudades como el Motril que recordamos con un tejido de convivencia poco intrincado, dejan de tenerlo cuando se convierten en monstruos diseñados en compartimientos estancos: una clase no se comunica con la otra, se autoprotege y crea sus propias fronteras. Se diseña así esa forma de segregación social que convierte a las ciudades de hoy en identidades separadas e intercomunicadas. Para las nuevas generaciones la placeta del barrio es un aparcamiento de coches, el antiguo campo de fútbol una urbanización, la casa del amigo un bloque de pisos. La vieja relación personal se convierte en una relación virtual. La calle no es ya el lugar de encuentro y juegos, es apenas un transito hacia el hogar.

             A medida que las ciudades crecen aíslan al hombre y lo condenan a seguir viendo por los resquicios de su memoria a la ciudad que vivieron, que ya no viven, sino que habitualmente padecen. No extraña que las enfermedades del alma, sean por lo general enfermedades urbanas. No extraña tampoco que sea en el laboratorio de las actuales ciudades donde el hombre empieza a perder gran parte de su inocencia.

Si seguimos hojeando mentalmente ese abultado álbum de fotografías motrileñas del pasado almacenado en nuestra memoria, cada una de las imágenes rememoradas se convierten en ejercicio de la evocación, ya que cuando desparecen los referentes de la topografía urbana almacenada en nuestro cerebro, debemos imaginar lo que fue. Y lo que fue choca y contrasta con lo que hoy es.

            Los años de mi infancia en Motril tienen algunas fotos fijas e incanjeables: la calle de las Cañas, la calle de las Monjas, la Esparraguera, la placeta Casado, las ramblas del Manjón y Cenador, la placeta de Falange, plaza de la Victoria por el Colegio de los Frailes o el paseo de Las Explanadas.

            Un Motril en el que la noche empezaba mucho más pronto que hoy. Y precisamente en la noche de la memoria surge el recuerdo vago del abuelo que, socarrón como los viejos motrileños, hablaba de una ciudad en cuyos portales amarraban las bestias. Ya no amarran las bestias frente a las puertas de las casas y el abuelo venia de esa Arcadia, de ese Motril del siglo XIX y se sorprendía ante la evidencia del nuevo tejido urbano. Para aquel hombre, la ciudad no era ya lo que había sido, era la ciudad de sus hijos que un día dejaría de ser de ellos porque empezaba a ser nuestra. Y ahora, la ciudad ya no es, 40 años después, lo que era para quien esto escribe. Todo progreso es indudablemente una expropiación.

Mi tío leía en la puerta de la antigua casa familiar de la calle de las Cañas el viejo Faro de los años 60, pero ese periódico ya no existe, duerme amarillento en las hemerotecas, ni nadie se sienta ya a la puerta de ninguna de las casas de la calle donde vivíamos. Mis tías proponían ir a San Antonio, pero el transito hasta allí de ahora ya no es apacible sino tortuoso por el denso trafico. El tío abuelo contaba sus hazañas en la guerra de Marruecos, pero ya hace mucho que murió y la casa donde vivía ya no es una casa sino un edificio de apartamentos. La nueva imagen de la ciudad modifica la estampa de la memoria.

Las brisas de los atardeceres veraniegos soplaban en un paseo de las Explanadas libre de grandes edificios y podían llevarnos a las Angustias o a San Nicolás casi en un recorrido a campo a través, pero esa topografía ya no figura en el nuevo trazado urbanístico.

No solo se vive a la búsqueda del tiempo perdido como en el gran libro de Marcel Proust, también se vive a la búsqueda de la ciudad sepultada entre los materiales de derribo del progreso. Ha desaparecido la ciudad de nuestra infancia y juventud. Es preciso, es necesario reconstruirla para que tenga sentido parte de nuestra existencia.

Y en una nueva ceremonia del lenguaje y de la memoria nos decimos: allí estaba el lugar desaparecido y sin embargo evocado, porque lo que se evoca con el lugar es alguna experiencia vivida. Decimos cada vez con más frecuencia que en esta calle estuvo la casa de la Inquisición, en esta otra los Hospitalicos, en esta plaza el Motril Cinema y allí la ermita de San Sebastián a la salida de Motril.

La historia de toda ciudad es una historia de superposiciones. Si fuera no así, todas las ciudades serian radicalmente antiguas o radicalmente modernas.

Y de verdad que no hay ceremonia más cruel que la de reconstruir la fisonomía de las ciudades que fueron haciéndose diferentes en su crecimiento. En esa crueldad siempre habita una protesta, acaso romántica, acaso nostálgica: nos resistirnos a que las cosas cambien. Pero indudablemente cambian, pese al empecinamiento de nuestra memoria afectiva. Lo terrible no es que cambien sino que los cambios significan muchas veces las expulsión del hombre y si no del hombre si de la escala humana. Motril de los años 60 y 70. La plaza de las Palmeras y sus puestos de melones y sandias, la plaza de la Aurora y su fuente, la Casita de Papel, el Rin Bar, el Costa Nevada, el Centro Cultural Recreativo…. Topografía reconocible aun un poco hoy y no obstante tan distinta. Ni siquiera los viejos burdeles están donde estuvieron y algunos de los familiares, amigos y conocidos cometieron la injusticia de morirse sin advertirnos a tiempo. Con ellos se fue algún fragmento de nuestra ciudad.

La crítica al urbanismo es demasiado fría, nada nos dice del alma ciudadana, solo la literatura en todas sus formas, nos seguirá hablando de ese alma que habitó en ese Motril desaparecido, que como toda ciudad tuvo esa remota Arcadia inicial trazada a escala humana. Y no es que todo el tiempo pasado haya sido mejor pero si que resulta que el pasado es el tiempo de la memoria y el hombre es ante todo un animal de memoria.

 La literatura pasa a ser entonces el registro mayor de la historia de las ciudades. ¿Como era el Motril de principios de siglo XX? ¿Cómo el de mediados de los años 60? Hay que leer a los autores locales, buscando en ellos la ciudad que la historia y los historiadores pueden haber cartografiado insuficientemente con sus jerarquías políticas, sociales y económicas. Ciudades revisitadas por la memoria literaria, esas son las que permanecen.

¿Donde, en que libros está el Motril de mi infancia y adolescencia? En las obras de Paco Pérez, los relatos de Joaquín Pérez Prados, la poesía de Jesús Cabezas y Paco Ayudarte. Motril con ese concepto que siempre tiene de ciudad nueva apenas registra una memoria urbana de tres o cuatro décadas. Hacia atrás es ya Arcadia.

Muchos podríamos lamentar que nuestro Motril haya cambiando tanto en tan escasos años. Lamento sin duda de nostálgicos: nunca la ciudad volverá a ser la que ha sido en nuestra memoria de la infancia. En todo crecimiento urbano hay siempre un disparate, en toda metamorfosis un crimen horrendo. Pero las ciudades se acomodan siempre al espíritu de cada época. Podríamos incluso lamentar que la usura decida más que la voluntad armónica, que la especulación determine su crecimiento, lamentar incluso que la soledad se pueda cernir sobre estas nuevas ciudades. Pero en fin, todo lamento, cuando se mira hacia atrás en el tiempo, es una expresión de la nostalgia de un Motril invisible, de un Motril desaparecido. 

Texto y Fotos de Manuel Domínguez para Motril@Digital